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8 de abril. En movimiento.

En Movimiento

En cierta medida, estoy acostumbrado a trabajar desde mi casa. En mi mesa de dibujo sucede gran parte de mi actividad profesional, entre papel, acuarelas, música y programas de diseño. Todo lo que hago por fuera de mi casa termina aquí: salgo a tomar fotografías, bocetos, videos, notas de clases y reuniones… esas cosas son los insumos para mi trabajo.

El trabajo creativo se alimenta de un movimiento incesante. La quietud es lo opuesto a la creatividad. Trabajar desde la casa me enseñó hace tiempo que nuestro mundo es del tamaño que podemos recorrer con el cuerpo: Mark Twain, en su filosofía determinista, afirmaba que el hombre es como un telar, que hila las experiencias y las ideas con las que tiene contacto; para él no somos autores, ni dueños, ni creadores de nada. Solamente hilamos lo que nos rodea. Yo comulgo con esa idea: el mundo que podemos conocer, pensar, reflexionar, confrontar, sentir, intervenir (en fin, lo que sea que hagamos en este mundo); es solamente el resultado de lo que hilamos con la experiencia. Y cuando la vida no es movimiento, uno se estanca.

Por eso necesitaba hacer una maestría, por eso acepté ser docente de cátedra, incluso por esa misma razón me inscribí en un curso de Ilustración científica. Pura necesidad de salir y conversar, conocer otros mundos para salir del mío y extenderlo. Diversificar mi forma de entender el universo, debatir con otros, aprender otras técnicas de dibujo. El proyecto estaba dando resultado: me sentía menos radical en mi forma de pensar y sentir, descubría nuevos amigos, conocía nuevos lugares. Pero hace dos semanas mi mundo es de nuevo diminuto.

De afuera me queda la memoria, que por estos días toma muchas formas: a veces aparece como ansiedad, como resistencia a volver a este mundo pequeño, como pereza y falta y concentración. Otras veces como simples ganas de volver afuera, de sacar el telescopio a un morro y amanecer mirando las estrellas, fumando y tomando un licor fuerte para enfrentar el frío de la madrugada. Extraño sobre todo mis amigos, los de carne y hueso, no esos hologramas que se quedan congelados en medio de una conversación, o que gesticulan con emoticones. Me entristece ver mis libretas (la de la Maestría, la de docente, las de dibujar y pintar, la de reportería…) apiladas en el clóset esperando otras voces, formas y puntos de vista que las llenen.

Sobre todo, me siento ridículo cuando intento darle continuidad a la vida por internet. Ahora entiendo lo que siente un hámster cuando lo ponen a correr en esas rueditas de ejercicio, porque tengo la certeza de que una vez me baje de la ruedita tendré que volver a recorrer toda esa distancia en el mundo real.

Es la diferencia entre el movimiento y la ilusión de movimiento. Parece que se trata de continuar ocupado, de mantener girando los engranajes de la productividad, de tomar medidas temporales mientras pasa una contingencia; pero todo sucede en el mismo lugar, por el mismo medio, en la misma rutina.

Y me pregunto, de verdad, cómo hacemos para creer que esto está funcionando, que el mundo ha seguido viviendo, trabajando, investigando y comunicándose pese a todo (esas palabras son el lema de esta cuarentena). Quizá por eso guardo pocas esperanzas sobre el impacto que pueda tener en nuestras vidas este momento histórico: si es que esto pasa, lejos de aprender sobre la riqueza sutil de nuestra cotidianidad, o de cuán poco necesitamos consumir en realidad para vivir, o la importancia de las relaciones con nuestros amigos y familiares; siento que el mismo viejo mundo nos recibirá con una avalancha de trabajo atrasado, de lecturas por hacer, páginas por escribir, reuniones por cumplir, deudas por pagar… una sobredosis de esa cotidianidad que hoy extrañamos, para que nos embriaguemos con ella.

Y mi experiencia en guayabos me dice que despertaremos en una laguna mental, intentaremos recordar qué pasó y haremos el compromiso de una nueva vida. Pero con el paso del tiempo y un caldito nos iremos reponiendo, retomaremos la cotidianidad y entonces estaremos de vuelta en otra ruedita de hámsters, corriendo y corriendo en la misma ilusión de movimiento.

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