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13 de abril. La narrativa de la guerra

Hacer zapping o canaliar es una de las actividades físicas que más he practicado en esta cuarentena. Requiere puntería con el sensor infrarrojo del control remoto, ejercita los falanges, implica un ágil movimiento del ojo, por no hablar de cuán provechoso es para cualidades como la capacidad deductiva a contrarreloj o la intuición, fundamentales para conocer si un programa merece o no ser visto (como si en estos días no hubiera tiempo para perder en esa tarea).

En mi caso el ritual comienza forzosamente desde el canal número dos, y avanza con mayor o menor velocidad según la secuencia de canales que uno conoce de antemano: el pulgar salta con agilidad en los canales nacionales, infantiles, musicales, deportivos, religiosos y telenoveludos; y mantiene la tensión en medios regionales y canales de películas, documentales, cocina y noticias. Ayer (o antier, en estos días ya ni importa), como a las seis de la tarde, solo avancé del canal dos al cuatro y ahí estaba él. Con la chaquetita infantil que tanto lo caracteriza, que tiene su nombre bordado para que sepan a quién llamar en el caso de que llegara a extraviar la presidencia.

A Iván le cuesta tremendamente inspirar seriedad, fortaleza, confianza. Lo veo y pienso que no quisiera ser el asesor epidemiológico de la Casa de Nariño: ya tendría una hernia por hacerle fuerza al presidente en sus transmisiones. En la televisión el tipo no luce nada natural: su cuerpo, sus palabras, sus gestos, me dan la impresión de una mímica que le cuesta mantener. Me lo imagino, terminada la transmisión, exhalando un hondo suspiro y mirando sus colaboradores con cara de “bueno, por fin terminó esto ¿Qué dice Uribe?”.

Y como por estos días la escasez es también de noticias, en los dos o tres días siguientes a la alocución presidencial sus declaraciones son el refrito deperiodistas, medios de comunicación, líderes de opinión, pseudocientíficos, ‘bodegas’ de cuentas falsas en redes sociales y por el habitual séquito de fieles que defienden lo que sea que haga un político del Centro Democrático.

Con el paso de las semanas en cuarentena veo que Iván se va encontrando a sí mismo en esto de gobernar por decreto, sin congreso, como les gusta a los de su partido; apoyados en la milicia y en la policía, escalando decisiones para que alcaldes y gobernadores vean cómo resuelven.

Me impresiona ver cómo la narrativa de la guerra que tanto han necesitado los uribistas para mantener su legitimidad hoy encuentra un enemigo nuevo, que ha sido bien aprovechado para volver al estilo de los viejos tiempos.

No quiero incursionar en el campo de la conspiración afirmando que todo esto ha sido planeado. Mi opinión, en cambio, es que lo han sabido aprovechar para sus intereses, aunque prometan que estos serán del cero por ciento. Decía que es por decreto (sin congresistas, ni magistrados, ni veedores) como hace su avance la política de la guerra contra el virus. A diferencia del conflicto armado los expertos en este tema son pocos, la información disponible aunque colosal no nos dice mucho, la amenaza llega ahora al corazón de las ciudades y centros urbanos; y mientras esto sucede todos estamos en casa cagados del susto esperando lo peor.

Resulta que ahora vivimos en medio de otra guerra. Salimos a la calle con temor a la muerte, administramos frugalmente la plata y la comida, aplaudimos a los héroes que luchan contra el enemigo común y llevamos una cuestionable cuenta de las víctimas. Pero, ¿qué sucede con la opinión en estos días? ¿A quién criticamos y con qué argumentos? En medio de tanta zozobra y armados con tan poco conocimiento, apenas atinamos a comentar anecdóticamente los malestares de nuestra cotidianidad, lamentamos que otros estén peor y sentimos que nuestras quejas son vanas, puras pataletas y paranoias que gruñimos desde un privilegio que se hace más gaseoso con el paso de los días.

En medio de este ambiente la semana pasada quise hacer pública una queja sobre Iván. Publiqué una serie de dibujos en los cuales aparece desnudo en el baño, lavándose con los medios de comunicación. Muchos fueron los interlocutores que expresaron posiciones como las que reproduzco a continuación.

Luis Fer Villegas manifestó:

Por su parte, Juan C Muñoz agregó:

Néstor Davilapestana es más vehemente:

Y para no extenderme en ejemplos, culmino con Carlos Puerto Anaya:

Ortografía aparte, la lectura de estas opiniones me dejó mucho qué pensar. Ninguna de ellas trata sobre el tema central de las viñetas (la relación de Iván con los medios de comunicación), sino que se centraron en la defensa del presidente a partir de la guerra contra el virus. Estas cuatro personas me dejan preguntas como ¿Cuál es el “borde” del que tenemos que alejarnos para poder opinar? ¿Cómo se puede “construir” en estos tiempos, sin caer en la narrativa de la guerra? ¿Qué le aporta un caricaturista a la sociedad?

Más allá de estas preguntas, me quedo con la duda de cómo va a hacer Iván para mantener viva esta nueva guerra, que le está dando el poder, la legitimidad, la atención y el liderazgo que no había podido conquistar por cuenta propia.

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