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20 de abril. Casos anónimos de educación virtual.

Teletrabajo

1. Peranita.

Peranita es profesora de danza en un colegio fifí, donde madres y padres llevan a sus hijos no para que los eduquen, sino para deshacerse de ellos durante el día a cambio de una elevada suma de dinero. Sultanito es uno de los estudiantes de Peranita, tiene cinco años y es hijo de Fulana y Mengano, ella diseñadora industrial y él administrador de empresas. Fulana y Mengano tienen mucho trabajo por estos días y desde su casa intentan resistir los embates de la cuarentena contra su empresa familiar.

Por indicación de los directivos del colegio, Peranita envía semanalmente un video a los padres de Sultanito, con ejercicios y coreografías para hacer en casa. Los videos no pueden ser tomados de internet, porque los papás no pagan para eso. En tiempo récord, Peranita tuvo que aprender a grabar y editar videos con su celular, tarea que todavía le cuesta. También tuvo que adecuar la sala de su pequeño apartamento, una tarea que, entre otras cosas,  implicó cambiar de lugar un cuadro con contenido inadecuado para público infantil, cubrir con pintura las marcas que este había dejado en la pared y amontonar sus muebles en otra habitación (única forma de contar con espacio para moverse y componer un plano aceptable de cuerpo completo).

Aún así Fulana y Mengano se quejan porque, además de salvar su empresa, ahora deben -según ellos- «hacer el trabajo de Peranita». Se rehúsan a seguir pagando la mensualidad del colegio y piensan que es mejor invertir esa plata en una niñera, que cuide a Sultanito el resto del año y así tener tiempo para trabajar.

En el colegio, preocupados por las finanzas, decidieron que es mejor que Peranita y los demás profesores se conecten en tiempo real con todos los estudiantes de sus cursos, para impartir sus clases por una extraña plataforma y así poder continuar «garantizándoles sus salarios».

2. Pepito Pérez.

De los diez estudiantes del curso que orienta Pepito Pérez en la Facultad de Cualquiercosa, solamente cinco enviaron sus anteproyectos de grado. Pepito Pérez ha trabajado durante meses en metodologías, enfoques teóricos, asesorías y vainas de investigación; incluso ha enviado videos y documentos que considera cortos, didácticos y muy útiles para que sus estudiantes avancen en medio de esta cuarentena. Los trabajos que recibió no están del todo mal: algunos mejor fundamentados que otros (como siempre), pero en general son coherentes y eso es lo que le importa a la Facultad.

Mientras revisa los proyectos, Pepito Pérez se da cuenta de una terrible realidad: ahora todos los proyectos son irrealizables. Que yo voy a hacer unos talleres de tal cosa, que unos laboratorios de otra, que encuentros de no se qué, que unos videos de tal vaina, que etnografía en nosedónde

Pepito Pérez, después de meses de enfatizar en la ética del trabajo investigativo, de insistir en que es necesario plantear proyectos sólidos, de encuadrar y reencuadrar los trabajos en numerosas asesorías; solo hasta hoy piensa que si los estudiantes esperan graduarse este año deben volver a plantear sus propuestas desde cero, en un mes y medio, y considerando investigar cualquier cosa pero por internet (y en un par de casos, de esos que no entregaron avances, usando sus celulares).

3. Doña Señora.

Trabajó desde que terminó la escuela en la panadería de su papá, quien aseguraba que era bobada que las mujeres fueran al colegio. Con el paso de los años doña Señora se cansó de las panaderías y tomó la decisión de montar un taller de costura, un tema que le apasiona desde que hacía los uniformes escolares de sus hijos para poder ahorrarse unos pesos. Con esa plata se compró una máquina de coser nueva.

Como doña Señora no tiene educación media no puede tomar cursos de costura en el SENA. Sus ahorros no le alcanzan para inscribirse en una academia privada, aunque igual ahora están todas cerradas. Pero tiene internet en la casa y una tablet.

Entonces doña Señora lleva semanas viendo videos en YouTube: le encantan los de otra doña Señora (tocaya suya), que da unos trucos buenísimos y que explica todo detalladamente, desde cero y en lenguaje coquito. Mientras la doña Señora de los videos explica, su equipo audiovisual hace planos precisos, complementan con animaciones muy didácticas sobre patronaje e insertan cada tanto titulares en letras grandes con los materiales y pasos a seguir para hacer blusas, pantalones, bolsos y demás. Doña Señora (la protagonista de la historia) aprendió ya a descargar libros en PDF, que lee con atención mientras toma apuntes en un bloc tamaño carta.

4. El doctor Cosiaco.

Años de rigurosa investigación han hecho del doctor Cosiaco una eminencia académica en materia de plantas medicinales. Ha visitado comunidades indígenas, recogido historias de campesinos, entrevistado brujos y curanderos, conversado largamente con abuelas y bisabuelas. A estas personas, Cosiaco les presta la misma atención que a los reconocidos químicos, médicos y biólogos con quienes trata todos los días. Para resumir, Cosiaco ha dedicado toda la vida a hacerse un experto en su campo de investigación.

De su trabajo Cosiaco ama la generosidad de la gente para compartir lo que sabe; los años le han enseñado a preguntar con delicadeza, su vida científica se basa en reconocer el conocimiento de los demás. Cuando Cosiaco ve lo que uno llamaría cualquier rastrojo o maleza, sus ojos brillan mientras explica para qué sirve, en qué cantidad y cuántas dosis necesita un paciente de determinada edad o contextura. Con la misma bondad de una abuela entrega este conocimiento a sus estudiantes y a quienes participan de sus talleres y conferencias.

Cosiaco, un hombre que ha vivido de la escucha atenta, de la observación minuciosa, del olor de los especímenes; recibe por medio de su viejo celular (que conserva porque «coge señal en cualquier parte») una reprimenda de un colega que le dice «con todo respeto» que se actualice. Que es necesario innovar, que si uno no es capaz de seguir dando sus temas por medios digitales «es porque sencillamente o no quiere enseñar o está mandado a recoger como pedagogo». Que le «ponga voluntad» a aprender Zoom, Google Meet, Teams, Jitsi o cualquier herramienta de videoconferencia; que él conoce casos de colegas que «simplemente» se graban y mantienen contacto con los estudiantes por WhatsApp.

Después de una despedida cordial, Cosiaco no puede recordar ninguna de esas palabras raras que le mencionaron. Quizá porque no tienen la sonoridad de achiote, lavanda, hierbabuena, sietecueros, espliego, albahaca, alhucema, matarratón o tomillo; cosas que pretenden que ahora él explique sin ningún sabor, olor, ni textura de por medio. Por fortuna, Cosiaco conoce el remedio para estos momentos: en agua hirviendo pone dos poquitos de limoncillo y medio poquito de valeriana, endulza con miel de abejas, mezcla y deja reposar unos tres minutos. Después enciende la radio, abraza a «la vieja» y le cuenta que se va a demorar el asunto de la jubilación.

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