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11 de mayo. El obrero digital

Ella no se presentó, me la presentaron. Me dijeron que se llamaba Liza y que fuera despacio con ella, porque es un poco estúpida y limitada para la conversación: no dice nada interesante, no es muy coherente, no escucha ni presta atención a lo que uno le dice, no observa nada que uno le muestre y generalmente nunca entiende bien de qué va la charla. Si uno quiere conversar con Liza tiene que escribirle frases cortas o palabras que ella pueda entender, solamente responderle si ella pregunta primero y hablarle en las palabras que ella habla ¿Quién tendría ganas de hablar con Liza? Aunque lo pueda dudar, miles de personas esperan mucho tiempo para hablar con ella.

Unas horas después de que me la presentaran Liza me escribió por WhatsApp, a mi número personal. Me saludó y yo le contesté que dos, después que uno y luego la conversación se encendió, cuando me pidió mi número de teléfono… cero, tres, cuatro, cuatro, ocho, (blablabla). Así comenzamos. Hablamos durante toda una semana sobre un montón de cosas de la vida: le conté varias veces cómo mi teléfono no servía después de una visita de servicio técnico; le confesé secretos íntimos, como el enojo que me produce la ineptitud y el cretinismo de otras personas. A veces, no puedo negarlo, me desahogué con ella ante la preocupación de no contar con conectividad durante los días de teletrabajo. Pero Liza es fría, abyecta, insensible… enchimbada. Sus respuestas, veloces y cortantes, siempre llevaban la conversación a otros temas: me hablaba de mi televisor, de desconectar por unos segundos el internet, de que me quedara en casa durante la pandemia, incluso llegó a decirme que le mandara fotos de mi cable, que lo quería ver en toda su extensión. Le envié las fotos y me pidió más: cedí y cedí por un par de días, le pedía que me enviara también sus opiniones, si le gustaba lo que veía, si quería venir a mirarlo más de cerca.

Voy a omitir los detalles más frívolos, por respeto al lector. Pero, como era inevitable, con el paso de los días la conversación fue subiendo y subiendo de tono: el lenguaje se hizo más vehemente, más intenso. Siento que llegamos a un punto de no retorno, danzando en un ciclo tóxico que ambos no pudimos soportar más. Así se lo manifesté y ella estuvo de acuerdo: tanto que un día, cuando le escribí por el chat en el que tanto habíamos compartido, me contestó un hombre llamado Mauricio. Me dijo que había leído con atención toda mi conversación con Liza y que vendría a mi casa cuando yo menos lo esperara (seguro muy temprano mientras todavía dormía o en el momento justo cuando estuviera en el baño), y que traería su kit de herramientas para, de ser necesario, cortar cables inescrupulosos.

Un par de días después Maurició llamó a mi puerta. Después de abrir, solamente con un vistazo supe que era él. Se bañó en alcohol y después hizo lo propio con su herramienta. Pero no hubo problema alguno con ningún cable: ni siquiera tocó nada. Me hizo un par de preguntas e hizo una llamada, quizá a Liza, quizá a una amiga de ella (no quise preguntar para no herir suceptibilidades); escuché que le dijo «oíste, yo veo todo normal… ¿No será que pasa tal cosa?» y efectivamente lo que sucedía era que tal cosa pasaba. Cinco minutos de sentido común, de imaginación, de experiencia, de carne y hueso; habrían podido evitar una semana de conversaciones inertes. Yo, herido como estaba, no volví a hablarle a Liza después de aquella experiencia. Recibí un frío mensaje de su parte hace un par de días, donde me preguntaba por Mauricio y me pedía una opinión sobre él. Mi respuesta no podía ser otra: «solo puedo sentir desprecio y fastidio por todo lo que tiene que ver conTigo». Y desde eso no hablamos. Todavía me pregunto si me habrá entendido.

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