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3 de junio. Carta a mis dueños

Apreciados dueños,

Les escribo respetuosamente para darles las gracias por seguirme cuidando, tanto de mí mismo como de los demás. Me encanta que estén vigilándome por todos los medios, pues no hago nada para temer ser vigilado y uno no sabe cuándo se saldrá de control. Me parece súper pertinente que sus algoritmos se estén nutriendo con mis acciones y las de otras personas; seguro que en el futuro podrán aprovechar eso para mantener su colonia y diseñar nuevas estrategias para mantenernos más calmados, más tranquilos y, claro está: más seguros.

Los felicito porque hoy defiendo mi encarcelamiento. Porque estoy encerrado voluntariamente -como el resto de sus semovientes-, muy agradecido por contar con un computador para trabajar desde mi casa y por poder mirar por la ventana cómo la policía pasa cuidándonos de quienes salen a ponernos en riesgo. Hace días unos integrantes de la fuerza pública se arriesgaron a contagiarse solamente para recordarme algo muy bello que mi mamá me enseñó cuando fui adolescente (y que yo había olvidado con los años y la independencia): no tengo nada que estar haciendo a las once de la noche en la calle. Mi memoria se conmovió cuando escuché esas palabras de mi cabo, que las pronunció casi en el mismo tono maternal. Tanta fue mi gratitud que le dí cuarenta mil pesos en señal de agradecimiento, francamente él se los merecía, pues comprendimos juntos que él me estaba ayudando a entender mejor el mundo en que vivo ahora. Le agradezco al señor agente que no fue violento conmigo, como seguramente le ha tocado con esos temerarios vendedores informales, que todavía no comprenden la situación y por eso se han ganado uno que otro golpe pedagógico. A veces es la única forma en que entendemos, ¿no?

Respetados amos, señores míos y de Colombia: yo sé que para ustedes esto también ha sido difícil, sé que la están pasando mal porque un pedestal es también una prisión y porque no solo de whisky y caviar vive el hombre. Por eso les agradezco que todavía mantengan algunos puestos de trabajo, así sea por horas, y que hagan esos recortes de personal para mantener a flote una economía que podría hundirse si no se toman medidas frías y tristemente necesarias. Sé que todo lo hacen para que los integrantes de su rebaño podamos sobrevivir. Pondría a su disposición el dinero de mis cesantías, mi prima y mi liquidación, pero mi contrato es por prestación de servicios y no cuento con ninguna de esas cosas. Aún así, sé que soy parte de su patrimonio y que alguna treta habrán de inventarse para que yo pueda colaborarles económicamente y así mantener su liquidez. Nos irá bien a todos.

Para finalizar quiero pedirles comedidamente, con todo respeto, que no extiendan más la difícil e insoportable situación de mantenernos a millones de sus súbditos sin fútbol: considero que una de las prioridades que debe tener Colombia en este momento consiste en contar con una fuente constante de entretenimiento y distracción para emplear el tiempo libre, porque el aburrimiento puede hacer que movimientos sociales inescrupulosos se aprovechen de la gente con fines políticos. Espero sinceramente que continúen trabajando por mantener este sistema político y económico, que hoy da prueba de su estabilidad, pese a los embates de la pandemia.

Literalmente suyo,

Á.

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